Hace tiempo no escribía por aquí y hace tiempo tenía ganas de volver a este espacio. Muchos viajes y muchas historias dan vueltas en mi cabeza y hoy escogí contarles un poco sobre la casa donde vivió El Libertador, Simón Bolívar, en el tiempo que permaneció en Bogotá.
Si eres colombiano o tienes raíces colombianas como yo, te han hablado de Bolívar casi desde que estabas en la panza de tu mamá. No es una exageración, es un hecho. El caballero de apenas 5’3” (1.6 metros) fue mítico héroe presente en cuanto cuadro de museo visitaba; su espada, un símbolo patrio de Colombia fue robada precisamente de la Quinta de Bolívar en enero de 1974 por el entonces grupo armado, M-19; devuelta en el ’91 y finalmente protagonista en la toma de posesión del controvertible actual presidente.
Pero me extiendo en lo que no es. Aquí vamos a hablar de este museo, el cual visité muchísimas veces de niña y volví a visitar este año luego de algún tiempo sin pasar por allí.
La casa-museo está hermosísima, espacialmente el Jardín Bolivariano, y los esfuerzos de constante restauración han dado sus frutos.
Entonces, entremos en materia. La Quinta de Bolívar es un museo precioso que se encuentra cerquita de los cerros de Monserrate y Guadalupe en Bogotá. Cuando era niña, capturaba mi atención pensar en las reuniones que se daban en esa casona, con los vestidos de la época y toda la pompa y circunstancia de esos días. En una Bogotá que siempre he imaginado mucho más fría en ese entonces, siempre me divertía pensar en Bolívar yendo a bañarse al baño de la casa… que quedaba bastante lejos de la casa principal (con razón sufría de los bronquios el pobre).

el baño
Fue construida hacia el año 1800 por don José Antonio Portocarrero, un filósofo, político, hacendado, comerciante y militar neogranadino (¿se acuerdan de que Colombia era “La Nueva Granada”?), considerado como uno de los próceres de la Independencia de Colombia, y mártir por esta misma razón; había adquirido el terreno al capellán de la Ermita de Monserrate (otra parada obligada si visitan Bogotá conmigo), por la suma de $150 pesos (¡!)
Sin entrar toda una clase de historia -porque estaríamos aquí mucho rato, después de la victoria en la batalla de Boyacá, el entonces vicepresidente de la Gran Colombia, Francisco de Paula Santander (el mismo que adorna el billete de dos mil pesitos), y el gobernador de Cundinamarca, Don Tiburcio Echavarría, adquieren la propiedad para ofrecerla al Libertador en nombre del pueblo agradecido. Y el General Bolívar viviría en la Quinta transitoriamente a partir de 1821.
Como les contaba, este es un museo que visité muchas veces de niña, y este verano regresé después de algún tiempo, esta vez con mi hijo. La restauración ha sido impecable, y por eso me animé hoy a contarles un poco más sobre ella.
Un poquito de historia…
- Primera restauración (1922-1923): En el centenario de la independencia, el gobierno colombiano decidió restaurar la Quinta de Bolívar, que se encontraba en muy malas condiciones después de décadas de abandono. Durante este periodo, se trabajó en la reparación estructural del edificio y en la preservación de algunos elementos arquitectónicos originales.
- Transformación en museo (1969): Aunque la Quinta fue restaurada inicialmente, en 1969 el gobierno decidió convertir el edificio en museo. Se realizaron mejoras adicionales en la estructura para albergar una colección de objetos históricos y se inició la búsqueda de artículos personales del Libertador y piezas de la época, para recrear los espacios como en su momento habrían sido.
- Restauración integral (1975-1979): Durante estos años se realizó una restauración más extensa y profunda. Los trabajos incluyeron la reconstrucción de espacios originales, la restauración de muebles y la incorporación de elementos de conservación más avanzados para estabilizar la estructura y proteger el edificio de los elementos. Este proceso de restauración integral dejó el espacio en condiciones óptimas y aseguró su preservación para futuras generaciones.
De ahí en adelante conocí yo el museo, pero los arreglos que se han hecho en la propiedad desde los años 2000 en adelante, han develado tesoros en frescos en las paredes, donde se pueden apreciar los colores originales de la casa, cada vez más detalles de cómo era la vida en la Bogotá del Libertador. Se modernizó el museo, se mejoró la experiencia para visitantes, se preservó aún más el patrimonio arquitectónico y se adapta el espacio para un turismo cultural en aumento.

Utilizando técnicas modernas para asegurar la conservación de la estructura original y los materiales históricos de la Quinta, se hizo el tratamiento de la madera y paredes de adobe para evitar el deterioro por humedad y plagas. También se fortalecieron las bases de algunas secciones, y se realizaron revisiones estructurales periódicas para preservar la integridad del edificio. Se rediseñaron, además, las exhibiciones del museo para hacerlas más interactivas e informativas. Un punto importante: Durante estas intervenciones, se hicieron adaptaciones para permitir el acceso a personas con movilidad reducida, como la instalación de rampas en áreas clave y mejoras en la disposición de los jardines para una circulación más cómoda. Esto permitió que la Quinta fuera accesible para un público más amplio.
Como cualquier museo que se respete, se añadió un gift shop. Pero si de niña lo que más me gustaba ver era la cama chiquita de Bolívar (parece hecha a su estatura), ahora de grande lo que más me gustó fueron los jardines y áreas verdes.

Estos jardines, que son parte integral de la Quinta y donde Bolívar pasaba tiempo, y fueron replantados y rediseñados para reflejar la estética de la época del Libertador. Se restauraron caminos, se añadieron plantas autóctonas y se reforzó el mantenimiento de los jardines para preservar la autenticidad del paisaje histórico. Me encanta el Árbol de la Fraternidad Americana, sembrado el 25 de noviembre de 1946 con tierra de Bolivia, Brasil, Cuba, Costa Rica, Chile, Estados Unidos, Ecuador, Haití, Nicaragua, Honduras, México, Perú, República Dominicana, Venezuela y Puerto Rico, en el marco de IV Congreso Panamericano de Prensa.



Finalmente, les quiero contar algo que descubrí en esta última visita (o tal vez no lo recordaba). Para la parte de atrás de la casa, pero cerca de la habitación del Libertador, está la sencilla habitación de José Palacios. Les dejo a continuación la descripción que se encuentra frente a la alcoba:
“José Palacios fue un esclavo liberto de la familia Palacios Blanco, nacido en 1770. Según la tradición, a sus 22 años, juró a doña María Concepción Palacios en su lecho de muerte, acompañar y cuidar a Simón, su hijo menor, quien tenía sólo 9 años. En efecto lo acompañó en sus viajes a Europa y en las batallas donde participó como sargento primero mayordomo del Libertador. Es probable que esta habitación, añadida al área de servicios hacia 1824, se haya construido por orden de Bolívar para uso de su asistente. El uso exclusivo de la alcoba por parte de Palacios, y su cercanía a la alcoba de Bolívar, evidencian la importancia y rango del mulato en la Quinta pues difiere del común, del personal de servicio quienes se hacinaban en modestos espacios y dormían sobre esteras o costales. Palacios acompaña al Libertador hasta su muerte el 17 de diciembre de 1830, en la Quinta de San Pedro Alejandrino en la ciudad de Santa Marta [Colombia], cumpliendo así su promesa. Bolívar le deja en su testamento la suma de 8.000 pesos como pago por sus servicios. Presenció la repatriación de los restos de Bolívar a Caracas en 1842, año en el que falleció.”
Los muros de la quinta guardan su propia historia. Presenciaron el amor de Bolívar y Manuelita (una historia para otro día), y la misma sigue siendo uno de los lugares más emblemáticos de Bogotá, representando no solo la vida de Simón Bolívar, sino también el patrimonio cultural de Colombia.

Tremendo… gracias por compartir…Sent from my iPhone
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