La iglesia más lejos a la que he ido

Mi madre siempre me ha dicho que cuando uno entra por primera vez a una iglesia, pide un deseo. Desde que soy mamá, siempre que entro a una iglesia que nunca había visitado, pido algo por mi hijo. Nada de amorcito o dinero o esas cosas; eso lo dejo para la velita de mi cumpleaños o alguna uva en Año Nuevo.

Me encantan las iglesias. Hay un factor de fe en eso. Pero hay un factor museo: me encanta el arte religioso. Y es que el arte religioso no es solo la última cena de Leonardo da Vinci; lo es también las catedrales góticas francesas, La Sagrada Familia en Barcelona o la Catedral de San Basilio en Moscú. Siempre me ha parecido ligeramente morboso el culto de los católicos por las reliquias: un pedazo del cuerpo de un santo que se preserva para venerar. En Lima, el altar a los Santos Peruanos en la Basílica de Santo Domingo, está el cráneo de Santa Rosa de Lima (¡el cráneo!), y huesitos de San Martín de Porres y de San Juan Masías.

Altar a los Santos Peruanos, Basílica y Convento de Santo Domingo, Lima, Perú

Cuando era niña, me intrigaba enormemente ver a San Pío en la Catedral de San Juan Bautista (todavía me intriga) y ahora que tenemos un beato criollo, el beato Carlos Manuel Rodríguez, primer beato puertorriqueño y caribeño, hay reliquias suyas en su natal Caguas, en la Catedral Divino Nombre de Jesús, y en la Catedral de San Juan (no se si en las otras diócesis también hay -luego les puedo contar su historia). Pero me estoy desviando del tema de hoy, que no son reliquias sino la devoción y el arte religioso.

Los restos de San Pio reposan en la Catedral Basílica Metropolitana de San Juan Bautista
Beato Carlos Manuel Rodríguez Santiago, primer beato puertorriqueño (1918-1963)

En vista de la pandemia y que no hemos podido viajar, ayer escribí un post en mis redes sobre un viaje que hice hace años y entonces decidí contarles por acá, de una iglesia que fui a conocer y realmente, no recuerdo si pedí un deseo cuando entré, pero debí haber pedido regresar.

Mis amigos están mareados de que les diga que la ciudad más linda que he conocido en mi vida es la capital checa, Praga (aunque pienso que Brujas, Bélgica le da una digna y cerrada pelea). Ciudad de ensueño donde la música de Mozart parece sonar por todas partes, donde los colores pastel de sus edificios te enamoran, donde hay ópera, arte, historia, buenas cervezas, cisnes en el río, calles empedradas, la casa de Kafka y es la ciudad natal de uno de mis escritores favoritos, Milán Kundera.

Old Town Square

Aunque ahora ya es muy común visitar Europa Oriental, cuando yo estuve apenas habían pasado 6 años del fin de la era totalitaria del comunismo en la antigua Checoslovaquia. Solo una semana antes de la llamada ‘Revolución de Terciopelo’ -un movimiento pacífico mayormente de estudiantes que le puso fin al monopolio político del Partido Comunista Checoslovaco, había caído el nefasto Muro de Berlín y con la caída de la Cortina de Hierro en el otoño de 1989, se terminaba por fin la división en Europa. La gente era más reservada que la gente en Europa Occidental, menos conversadores, más desconfiados diría yo (no como que yo podía charlar en checo con nadie).

Bueno, pues tomaba yo un tren en Budapest, Hungría, rumbo a Praga, luego de haber pasado el susto de la detención en Croacia que ya les he contado en otro post (“Detenida en Zagreb: la nueva visa europea”, marzo 2019, https://losviajesdegines.com/2019/03/12/detenida-en-zagreb-la-nueva-visa-europea/ ).

Estela y yo tomando el tren en Budapest

Era para finales de agosto, ya empezaba a refrescar el clima cuando llegamos a la ciudad que solo puedo describir como un cuento de hadas. Arquitectónicamente, en Praga conviven estilos medievales, barrocos y góticos con estilos más recientes como el deconstructivismo (cuando estuve, aún no existía la famosa Casa Danzante, actualmente, la estructura más fotografiada de la ciudad). Muchas bellezas que ver en Praga, el Reloj Astronómico, la ópera de marionetas, el Puente de San Carlos, el Castillo de Praga… pero había un lugar que yo absolutamente tenía que conocer… la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria.

Desde niña, cada vez que llegaba a la casa de mi tía Rosita en Cali, me llamaba mucho la atención una figurita que tenía en su habitación, del Niño Jesús de Praga (también tenía a la Virgen del Perpetuo Socorro de la cual también mi abuela era muy devota, al igual que mi madre). Entonces, estando en Praga, donde jamás pensé estar, tan lejos de casa, era imperativo ir a conocer al pequeño personaje personalmente.

Hice a mi comadre, fiel compañera de andanzas (cuando eso, aún no éramos comadres), caminar y caminar hasta que llegamos al “Lesser Quarter” de la ciudad, al barrio de Malá Strana, donde se encuentra el santuario barroco más antiguo de Praga y donde se custodia la famosa imagen del Niño Jesús que la ha convertido en lugar de peregrinación para los católicos.

Iglesia Nuestra Señora de la Victoria



La historia del Niño, vestido de rey, es la siguiente y se remonta más de 400 años:
María Manriquez de Lara lleva la estatua del santo Niño a Praga, como recuerdo de su natal España. Se casa en 1556 con Vratislav Pernstyn, un noble checo. Según una antigua leyenda, la estatua fue modelada por un piadoso fraile, quien vio su imagen en una revelación. La mano izquierda sostiene un mundo en miniatura, coronado por una cruz, que significa el mundo de la realeza de Cristo niño. La mano derecha está extendida en la bendición.

Divino Niño Jesús de Praga

Posteriormente, la figura se convirtió en propiedad de la hija de María, Polyxena, quien estaba casada con el Duque Guillermo de Rosenberg, Primer Lord del Reino, Gran Bourgrave de Praga y caballero del Toisón de Oro (¡traten de decir eso 3 veces!). Después de su muerte, Polyxena se casó por segunda vez, esta vez con el Barón Zdenek Vojtech Popel de Lobkowitz, Gran Canciller del Reino, Caballero del Toisón de Oro, y el príncipe del Santo Imperio (¡se buscaba buenos maridos esa Polyxena!). En 1629, la señora se decide a hacer la estatua del Santo Niño disponible a todos los creyentes y por lo tanto, dedicado a él el Monasterio Carmelita y la contigua iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en Praga. Se dice que dijo, “Os traigo mi querida posesión. Homenajear al Niño Jesús y nunca faltará”. La devoción al Niño Jesús creció. Muchas bendiciones, tanto materiales como espirituales, entraron al monasterio y los frailes.

Durante este tiempo, se daba la guerra de los Treinta Años. Praga fue sitiada varias veces y finalmente fue superada y saqueada por los ejércitos de Sajonia en 1630. Los Carmelitas huyeron y la estatua del Santo Niño fue arrojada en un área de almacenamiento detrás del altar mayor de la Iglesia por parte de los mercenarios que ocuparon el monasterio. Cinco años más tarde, en 1635, tras el Tratado de Praga, las carmelitas regresan a Praga y a su monasterio en la iglesia. Los frailes habían olvidado completamente la estatua del Santo Niño y su devoción. Es en el año 1637 cuando llega el padre Cirilo, quien tenía una gran devoción al Santo Niño, y quien fue enviado de vuelta al convento, luego de haber huido en 1630. El padre encontró la estatua detrás del altar mayor. Las manos de la estatua se habían roto y fue en ese momento cuando se dice que el Niño se le apareció al Padre Cirilo y le dijo:

“Ten piedad de mí, y tendré misericordia de ti. Dame mis manos, y yo te daré la paz. Cuanto más me honras, más te bendeciré.”

Esta última frase se ha convertido en el centro mundial de la devoción al Niño Jesús de Praga. El padre Cirilo finalmente logró conseguir benefactores y recaudar los fondos para restaurar la figura y para hacer la capilla destinada expresamente para su veneración.

Las Carmelitas descalzas aún administran la iglesia y velan por el Niño, que tiene varios vestidos que se le cambian a través del año. La figura que tenía mi tía tenía el clásico vestido verde esmeralda y hasta el día de hoy, la devoción al Divino Niño Jesús de Praga ha continuado y se ha difundido por todo el mundo.

A mi madre y a mi hermano les traje estampitas de la iglesia, y a mi mamá creo que una virgencita. Ayer, tratando de hacer el consabido post de #tbt, me doy cuenta de que no tengo ni una foto dentro de la iglesia (y muy malas del exterior). No un caso tan grave como el de otra de mis ciudades favoritas, Ámsterdam, en donde he estados como 3 veces y no tengo ni una foto decente, pero definitivamente una buena excusa para regresar, aunque ya no pueda pedir el deseo.

Praga, circa 1995

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